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Mi enano

Pues sí, resulta que este caballero que juega con Lola en la foto aún podía darme una alegría mayor que la del día que vino al mundo, que la del día que fue capaz de decir mi nombre, que la del día que se colgó un bajo y que la del día que se subió por primera vez a un escenario y me dedicó una canción.

Porque siempre ha sido un puto gran ejemplo de esfuerzo y superación, y porque muy pronto -aunque no sé qué vamos a hacer Lola y yo un año sin él-  Nueva York le espera.

Y porque nunca me he alegrado tanto en la vida de saber que voy a echar a alguien de menos.

He sido vista en… Foursquare

Los que tengáis suficiente curiosidad (o estéis suficientemente ociosos) quizá hayáis bajado hasta el pie del blog y hayáis descubierto últimamente un pequeño widget con un plano conectado a mi cuenta de Foursquare con la leyenda “he sido vista en”. Lejos de querer ponérselo fácil a los posibles asesinos en serie que me tengan en su lista de cosas pendientes o a ladrones 2.0 que acechen desde sus smartphones mis escasas pertenencias de valor, es simplemente un dato que no me parece mucho más revelador que todo lo demás que comparto en las redes sociales.

¿Qué podéis encontrar en mi Foursquare? Recomendaciones de sitios que me gustan -o no- para pasear, comprar, leer o tomar algo. Siento desmotivar a aquellos acechadores que crean que realmente a partir de lo que un usuario de Foursquare  como yo comparte puede crearse un patrón de los movimiento de la persona y desvalijar su casa o darle un susto innecesario. O a aquellas madres -hasta problemente la mía- que pensaran que con Foursquare realmente puedes tener controlada en todo momendo a una persona. Al menos, no es posible cuando la herramienta se usa con cordura y con cierta picardía. Es cierto que he visto check-ins asombrosos de gente que dice cuando entra y sale de su casa (dando la dirección exacta) o, este aún peor, ¡cuándo sale del banco especificando que acaba de cobrar un cheque!, pero haciendo check-ins en lugares públicos, concurridos y en el momento de abandonarlos (o incluso sin estar ya en ellos) los programas de geolocalización me parecen bastante seguros. Estoy convencida de que los que los utilizan de manera temeraria también suponen un peligro con un coche o una motosierra, porque el peligro no es Foursquare, ni el coche, ni la motosierra, sino la imprudencia de las manos que los gobiernan.

Recuerdo que hace años una banda desvalijó en mi barrio varias casas un 16 de julio: fue tan sencillo como buscar  mujeres que se llamaran Carmen y vigilar cuáles de esas familias salían de comida en un día tan señalado. Sin Foursquare y sin nada, con un santoral y un vistazo a los buzones los ladrones organizaron el operativo. Y sin embargo a nadie se le ocurriría decir que tener el nombre en un buzón es un peligro.

Parece que todo lo nuevo que viene de la red tiende a asustarnos más, pero hay muchas coductas no relacionadas con internet que pueden llegar a ser realmente peligrosas: sin ir más lejos, Chicavudu y yo teníamos una vecina que (aparte de dejarse las llaves de casa puestas numerosas veces) misteriosamente mantenía en la puerta una pegatina de un grupo de teatro con el nombre, el curso y el colegio al que asistía su hija de 7 años.  A ella sí que confío que no le haya dado por usar Foursquare; los demás creo que podemos disfrutarlo de manera segura.

Exhibicionismo

Por si no teníais suficiente con saber qué es lo que estoy haciendo o dónde estoy, a partir de ahora podéis espiarme también por la rendija de Partigi, y saber qué es lo que veo.

La Chica Inoportuna en Partigi

¿Merece la pena ser colaborador de #suite101?

En los últimos meses me han llegado varios twitteos, privados y e-mails pidiéndome consejo sobre si escribir o no como colaborador freelance en Suite101.net. En los últimos días, a raíz de un artículo aparecido en El País habéis reavivado el ritmo de las consultas, así que intentaré dar una respuesta general que os valga a todos. Yo no puedo decirle a nadie qué hacer con su tiempo o su esfuerzo, pero puedo daros algunas pistas que quizá os ayuden a decidir si embarcaros en Suite101 os conviene o no:

Yo lo primero que diría es que, al menos al principio, nadie va a hacerse rico. Los ingresos dependen enteramente de los clicks en la publi de Google Adsense que hagan los usuarios; si un redactor tiene artículos muy populares y mucha gente los visita, es probable que bastante gente pinche en los anuncios, pero eso también depende del tema de los artículos. Nadie os podría contestar a la pregunta “¿cuánto gana un redactor de Suite101?” porque habría tantas respuestas como colaboradores. No todas las secciones son igual de susceptibles de generar clicks, y no en todos los anuncios se paga el mismo dinero por click: no obstante, si lo que alguien quiere es dedicarse a escribir artículos rentables, tiene una lista de cuáles son las secciones más propicias para adecuarse a ellas, y toda la información y orientación sobre el uso de Google Adwords y la optimización SEO que sea capaz de digerir, organizada en tutoriales y apoyada por un equipo de redactores jefe, además de algunas herramientas útiles para promocionar los artículos en webs personales o en las redes sociales. Mensualmente, además, se organizan concursos con dieferntes bases y temáticas con premios en metálico bastante interesantes.

A mí los artículos publicados Suite101 me proporcionan una cantidad irrisoria de euros al mes; sin embargo, por varias cosas, he decidido tenerlos ahí y no en otra parte. En Suite101 tengo libertad y puedo escribir acerca de cosas que me gustan y sobre las que difícilmente nadie me iba a ofrecer un trabajo remunerado en un blog o una revista de papel porque no son temas susceptibles de generar precisamente millones, ni en la red ni fuera de ella. En algunos aspecto me siento un poco encorsetada por los estándares de la redacción web que se alejan en muchos casos del estilo que me gusta, pero me compensa.

¿Qué me ofrece Suite101 para que me anime a albergar mis contenidos en su red y no aquí mismo o en otro lado?

  1. Una plataforma que, con sus fallos a veces desesperantes pero comprensibles (y todo hay que decirlo, ya prácticamente inexistentes en los últimos meses) me permite olvidarme de andar gestionando más espacios propios.
  2. Un excelente posicionamiento en buscadores para que mis artículos lleguen al mayor número de personas posible (una cosa es que uno escriba en parte como hobbie y otra que no le guste escribir para ser leído).
  3. Un punto de referencia al que referir tanto a conocidos, amigos o a los posibles contactos profesionales a leer mis artículos; hay muchos temas que podría desarrollarlos por ejemplo en un foro o en un blog personal en lugar de en Suite101, pero hacerlo aquí me permite enlazar y remitir con seguridad los links a terceros sabiendo que los artículos no van a desaparecer de pronto.

Poco a poco iré enlazando en este blog desde la pestaña Suite101 todos mis textos organizados por categorías, por si alguien quiere echarles un vistazo. Para cualquier duda… tenéis los comentarios de este post, al que remitiré a partir de ahora a todos los que me preguntéis por este tema.

Los que gritamos juntos

  • Por mi madre, que a pesar de no entender nada de fútbol se convirtió por dos horas en una encendida seleccionadora;
  • por mi padre, que sin ser muy aficionado a los jolgorios familiares ni futbolísticos aceptó meterse en medio del mayor de todos;
  • por mi prima mayor, que al otro lado de un mar mandó el primer sms desde su aventura británica que no era para quejarse por la comida;
  • por mi abuela, que solo parecía preocupadísima por los golpes que les estaban dando a los jugadores y porque su corazón ya no estaba para esos sustos;
  • por mi abuelo, que tardó en enterarse de quién había marcado el gol y al final del partido se emocionó recordando a sus amigos los que no habían llegado a ver a España campeona del mundo;
  • por mi primo pequeño, que se lo aclaraba al instante con la alegría moderada de quien cree que España gana siempre y justo después de haber aprendido que se dice “cesión” y no “sesión”;
  • por su padre, que gritó más alto que nadie en toda nuestra calle;
  • por todos los parientes y amigos que colapsaron las líneas al final del partido porque necesitaban compartir su alegría;
  • por mi hermano, que cuando ha llegado a las 6:20 de la mañana se había olvidado del enfado con el que salió ayer de casa por no encontrar su camiseta de la Selección y le ha estado contando la celebración a mi madre, que ya estaba en pie para ir a trabajar.

Por ellos, que grabaron a gritos un recuerdo irrepetible, me alegro de lo de anoche.

Porque sé de sobra que el Mundial no nos saca de la crsis, ni nos sube el sueldo, ni nos hace más guapos. Pero ayer, durante un rato, sí nos hizo más felices y nos tuvo más unidos. A nosotros, los que gritamos juntos. Porque en el fondo, confío secretamente en que hayamos aprendido a hacerlo y no lo olvidemos nunca, para lo bueno y para lo malo. Porque a veces hace falta gritar algo, sobre todo, juntos.

Aunque sea gol.

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El olor a libro

Con la irrupción en el mercado de los e-readers o libros electrónicos, muchos lectores han apelado con nostalgia a la pérdida progresiva de ciertas características físicas del libro tradicional; y no deja de ser curioso que el atributo más añorado en el libro sea uno que en teoría es completamente prescindible para la experiencia de lectura: el olor.

Sería bonito pensar que en realidad es la esencia de los personajes y las historias contenidas en ellos la que impregna las páginas de los libros: así, los libros de Borges olerían a sudor de tango, la Isla del Tesoro sería una bocanada de aire de mar, en las aventuras de Sherlock Holmes se podría olfatear tabaco de pipa y las novelas negras tendrían el pútrido aroma de un sórdido callejón de Chicago. Pero la razón de por qué y a qué huelen los libros es mucho más prosaica y responde casi exclusivamente a explicaciones químicas.

¿Quieres saber realmente a qué y por qué huelen los libros?

Y a ti, ¿te gusta el olor a libro?

El vídeo, mi madre, Twitter y #futuroEd

Encuentro sobre Edición UIMP 2010

Como muchas familias, a principios de los 90, aprovechamos una bajada de precio que las popularizó y tras el nacimiento de mi hermano, nos compramos una Handycam Sony. Pues bien, los primeros meses, mis padres se iban turnando en las celebraciones, los viajes y las excursiones para ir dejando constancia en cinta de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Hasta que a la vuelta de un viaje mi madre manifestó su hartazgo y abandonó la cámara: no soportaba más vernos cumplir años, chapotear en la piscina o darnos nuestras primeras culadas esquiando solamente a través de un pequeño visor.

Cuando me planteé usar Twitter estos días desde el Encuentro sobre Edición, temí que me pasara como a mi pobre madre en Canarias, y que, al estar pendiente de dejar constancia en 140 caracteres de lo que estaba viviendo, mi experiencia se viera limitada en lugar de enriquecida. Una vez pasada una mañana de twitteos, puedo decir que mis miedos eran infundados.

Twittear al tiempo que escuchaba a los ponentes me ha permitido seguir con el hashtag #futuroEd los debates paralelos entre otros presentes, compartir ideas con aquellos interesados que no habían podido acudir, y cambiar impresiones sobre los temas sin molestar ni ofender lo más mínimo a quienes estaban hablando.

Hace un par de años creo que cualquiera que hubiese estado con un móvil en la mano -porque apenas ni imaginábamos los iPads- en un seminario, congreso, curso o conferencia, hubiese parecido un maleducado sin interés; hoy en el Comedor de Gala del Palacio de la Magdalena hemos sido varios los que hemos compartido nuestra oportunidad por Twitter y estoy segura de que ha sido un paso adelante para todos. Incluso para mí, que, como podéis ver, ante el temor y por paradójico que parezca iba dispuesta a tomar mis analógicas notas en un cuaderno de papel y a no decir ni una palabra de esto a nadie… ;)

El futuro de la edición: papel y e-book

A partir de mañana participio en un entorno alucinante en un encuentro de lujo. Aunque si os soy sincera, no tengo muy claro si alguien me pegará si se entera de que llevo un Kindle en el bolso… ;)

Yo confieso que…

Nunca he tenido el típico amor de verano.

Ni me he escapado a hurtadillas de mi tienda para meterme en la de un monitor de campamento; ni he esperado cada año la llegada de un vecino veraneante; ni he fingido lesiones extrañas para acercarme a un socorrista de la piscina; ni he ligado con un camarero de chiringuito; ni he llorado desconsolada al llegar septiembre porque un sueco se volvía a su país… Pero, pero, pero, ¿qué clase de adolescencia fue la mía?

Waldorf Histeria – Escuela de verano

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Hacerse mayor

Cuando somos pequeños nos creemos a pies juntillas todo lo que dicen nuestros padres, y la verdad es yo nunca tuve la sensación de que los míos pusieran un especial empeño en engañarme: ni con los Reyes Magos, ni con la desaparición de las mascotas, ni con lo que pasa si te tragas un chicle, ¡ni siquiera con el peliagudo asunto sobre de dónde vienen los niños! Sin embargo mi madre siempre ha defendido a capa y espada, sin dudas ni fisuras y ante las risas de quien hiciera falta, que cree en los gnomos.

Después de años de reirme de ella y de su pequeña extravagancia, a estas alturas me he dado cuenta de que probablemente no hay nada más sano en esta vida para conseguir mantenerse cuerdo que tener un punto de magia irracional al que aferrarse. Así que, por si acaso fueran el refugio nocturno de algún pequeño ser fantástico, mi madre y yo estamos cuidando atentamente las setas del jardín.

Porque a veces hacerse mayor es volver a ser capaz de ver el mundo con ojos de niño.

  • Administración

  • He sido vista…

    Yacimiento Arqueológico de Iulióbriga

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